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Relatos cortos y fábulas: Stendhal


  Stendhal: Le rouge et le noir Livre I, Chapitre 6, extrait (rojo y negro, primer libro, capítulo 6          extracto)

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Avec la vivacité et la grâce qui lui étaient naturelles quand elle était loin des regards des hommes, madame de Rênal sortait par la porte-fenêtre du salon qui donnait sur le jardin, quand elle aperçut près de la porte d’entrée la figure d’un jeune paysan presque encore enfant, extrêmement pâle et qui venait de pleurer. Il était en chemise bien blanche, et avait sous le bras une veste fort propre en ratine violette. Le teint de ce petit paysan était si blanc, ses yeux si doux, que l’esprit un peu romanesque de madame de Rênal eut d’abord l’idée que ce pouvait être une jeune fille déguisée, qui venait demander quelque grâce à M. le maire. Elle eut pitié de cette pauvre créature, arrêtée à la porte d’entrée, et qui, évidemment, n’osait pas lever la main jusqu’à la sonnette. Madame de Rênal s’approcha, distraite un instant de l’amer chagrin que lui donnait l’arrivée du précepteur. Julien, tourné vers la porte, ne la voyait pas s’avancer. Il tressaillit quand une voix douce dit tout près de son oreille – Que voulez-vous ici, mon enfant? Julien se tourna vivement, et, frappé du regard si rempli de grâce de madame de Rênal, il oublia une partie de sa timidité. Bientôt, étonné de sa beauté, il oublia tout, même ce qu’il venait faire. Madame de Rênal avait répété sa question.
– Je viens pour être précepteur, madame, lui dit-il, tout honteux de ses larmes qu’il essuyait de son mieux. Madame de Rênal resta interdite, ils étaient fort près l’un de l’autre à se regarder. Julien n’avait jamais vu un être aussi bien vêtu et surtout une femme avec un teint si éblouissant, lui parler d’un air doux. Madame de Rênal regardait les grosses larmes qui s’étaient arrêtées sur les joues si pâles d’abord et maintenant si roses de ce jeune paysan. Bientôt elle se mit à rire, avec toute la gaieté folle d’une jeune fille, elle se moquait d’elle-même, et ne pouvait se figurer tout son bonheur. Quoi, c’était là ce précepteur qu’elle s’était figuré comme un prêtre sale et mal vêtu, qui viendrait gronder et fouetter ses enfants !

 

Salía la señora de Renal, con la vivacidad y gracia que le eran peculiares cuando se veía lejos de las miradas de los hombres, por la puerta del salón que daba acceso al jardín, cuando vio, junto a la verja de entrada, el rostro de un joven, casi un niño, extremadamente pálido y que acababa de llorar. La tez del joven, que estaba en mangas de camisa, era tan blanca, y sus ojos miraban con dulzura tan notable, que el espíritu de la señora de Renal, un poquito inclinado por naturaleza a lo novelesco, creyó al principio que acaso fuese una doncella disfrazada que deseaba pedir algún favor al señor alcalde. Llena de compasión hacia aquella pobre criatura, que evidentemente no osaba llevar su mano hasta el cordón de la campanilla, la señora de Renal se aproximó, sin acordarse por el momento del disgusto que le producía la llegada del preceptor de sus hijos. No la vio llegar Julián, que estaba vuelto de espaldas; de aquí que se estremeciese cuando una voz muy dulce dijo cerca de su oído
-¿Qué desea usted, hija mía? Giró con rapidez sobre sus talones Julián, quien ante la mirada dulce y llena de gracia de la señora de Renal, perdió buena parte de su timidez. La belleza de la dama que tenía delante fue parte a que lo olvidara todo, incluso el objeto que a la casa le llevaba. La señora de Renal hubo de repetir su pregunta.
-Vengo para ser preceptor, señora- pudo responder al fin, bajando avergonzado los ojos, llenos de lágrimas que procuró secar como mejor pudo. La señora de Renal quedó muda de asombro. Julián no había visto en su vida una criatura tan bien vestida, y mucho menos una mujer tan linda, hablándole con expresión tan dulce. Ella, por su parte, contemplaba silenciosa las gruesas lágrimas que resbalaban lentas por las mejillas del joven, pálidas, muy pálidas momentos antes, y sonrosadas, intensamente sonrosadas ahora. Al cabo de breves instantes, la señora rompió a reír con la alegría bulliciosa de una doncella traviesa; se reía de sí misma, de sus temores pasados, de sus aprensiones... y se consideraba feliz al ver transformado en un joven tan tímido, tan dulce, al terrible preceptor que se había imaginado como dómine sucio y mal vestido, cuya misión sería regañar y dar azotes a sus hijos.



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